El Viaje del Héroe, ¿lo rompemos o no?


Imagen de Toon Link, de The Legend of Zelda

Si alguna vez has estudiado un poco sobre narrativa o te has informado sobre ella, seguro que has oído hablar sobre «el viaje del héroe», también llamado «periplo del héroe» o «monomito». O por lo menos te sonará. Fue descrito por Campbell en su obra El héroe de las mil caras (1949), y es tan importante que lleva más de medio siglo resonando en toda disciplina artística que se acerque a la narrativa, desde la literatura hasta los videojuegos. Y lo hace porque es un patrón que lo siguen prácticamente todos los relatos del mundo.

¿En qué consiste?

Lo cierto es que no hay una estructura inamovible del viaje del héroe, y según la interpretación que le demos habrá más o menos elementos. En su sentido más simplificado, el protagonista recibe la “llamada a la aventura” -en general suele ser algún conflicto-, que lo obliga a salir de su cotidianidad y a embarcarse en un viaje. Este viaje está lleno de retos y tentaciones que provocarán una evolución en el personaje hasta convertirlo en apto para cumplir con su cometido. Y una vez resuelto el conflicto, el personaje vuelve a su vida habitual mucho más maduro. Cabe decir que hay muchos más elementos que intervienen en la historia, pero que aunque su frecuencia es elevada, no son necesariamente constantes en las historias: el héroe rechaza la primera llamada a la aventura, recibe ayuda sobrenatural, tiene la ayuda de un mentor… y así muchos más. Podríamos alargarnos comentando todos ellos, pero aquí no hemos venido a hablar del viaje del héroe como tal, sino de su uso en el desarrollo de una obra. Así que tras esta pequeña introducción, seguimos:

¿Cuándo y por qué deberíamos utilizar el viaje del héroe?

Lo cierto es que, desde el arte, siempre solemos estar buscando la innovación. Utilizar recursos que otros han usado antes parece quitarle peso a nuestra actividad creativa, mientras que todo aquello nuevo suele tener un valor añadido. De hecho, desde las instituciones de arte “cultas” solemos encontrarnos con un rechazo directo hacia la narrativa en sí, como si fuera demasiado poco innovador para nuestro siglo. Pero si hablamos de una obra artística, ni un rechazo incondicional ni un seguimiento al pie de la letra son una respuesta válida: todo recurso debe responder a una intención expresiva, y el viaje del héroe no solamente es muy eficaz en ese sentido, sino que lo es por su humanidad.

Y es que lo que significa esta estructura está presente en todo. Nuestra vida es una historia de evolución y de resolución de conflictos; y no solo uno, sino miles. Ya desde pequeños nos estamos enfrentando a esta realidad: cada ciclo educativo, cada año, cada examen son un viaje que hay que superar. Y conforme crecemos, aparecen nuevos retos y problemas como decidir qué estudiamos o encontrar trabajo; por no mencionar cada uno de los retos que establecemos de forma personal: tener pareja, hijos, superar una enfermedad, escribir un libro, montar un negocio, convertirse en un mentor, ser un crack de la autoedición…

Cabe decir que no es cosa de ahora, sino que en todas y cada una de las épocas de la humanidad nuestro estilo de vida ha ido estructurándose en base a este patrón: superar conflictos y madurar. Por eso no es de extrañar que una estructura con la que compartimos tanto se haya convertido en el motor de nuestras historias. Es una estructura que resuena muchísimo en nuestra forma de entender la vida, y por más que lo veamos millones de veces, siempre nos fascina.

Bien, sabemos que funciona. ¿Y ahora?

Ahora viene lo más interesante. sobre todo en occidente tenemos muy clara su utilidad, e incluso en el mundo del guión de grandes producciones cinematográficas solemos encontrarnos normas sobre cómo tienen que estar escritas las historias. ¿Pero por qué no ir un poco más allá y deconstruir esta idea? En arte todo está permitido.

Fotograma de la película “Los Caballeros de la Mesa Cuadrada”, de los Monty Python

Hay un género (en realidad recurso) que suele salirse de este patrón: el humor. Es cierto que en muchas obras el humor acompaña un viaje del héroe de lo más clásico, pero no es raro que la aventura deje de ser el foco central de la historia, o al menos el nuestro. Como estamos tan acostumbrados al viaje del héroe ya sabemos que va a terminar bien, pero aquí lo que buscamos es reírnos, y para reír nos tenemos que sorprender. Pasa a llamarnos muchísimo más la atención el diálogo entre los personajes y las ocurrencias del guión. Y aunque el autor nos cuele una situación completamente inverosímil sin sentido alguno en una narrativa convencional, mientras nos saque una carcajada, habrá cumplido con su cometido. Un ejemplo muy evidente de una historia aparentemente clásica con humor sería (por decir uno entre miles), Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, de los Monty Python. Y si nos salimos un poco de esa estructura, cualquier otra película de ellos mismos nos sirve.

Imagen de Tintin, de Hergé

Por otro lado, otros tipos de obra que sobrevuelan ese tipo de concepto son lo que coloquialmente conocemos como sagas. Y no hablamos de historias largas repartidas en varias obras (ejemplo clásico: El Señor de los Anillos), sino aquellas que, aunque respetan el mismo mundo y los mismos personajes, son autoconclusivas e independientes. Lo curioso de estas historias es que, si bien podemos englobarla en varios viajes del héroe, como obra completa no lo son. Y si tuviésemos que explicar de qué trata Sherlock Holmes o Poirot, no diríamos que es un único conflicto de un detective ni la historia de su crecimiento personal detrás de ese caso en concreto. Tampoco lo haríamos de obras como Mundodisco, Tintin, Astérix o Spirou por mencionar algunos. E incluso si mezclamos este concepto con el humor nos salen cosas tan alocadas como Los Simpson, con un conjunto de arbitrariedades muy lejos de ser un viaje del héroe convencional. Y es que si tuviéramos que definir todas esas obras no lo haríamos ni desde el conflicto, ni desde el villano de todas y cada una de sus historias. Lo haríamos desde el mundo y desde el personaje. Y esto le da un matiz bastante diferente a la obra.

Lo más curioso de todo es que, así como hemos dicho que el viaje del héroe está presente en nuestras vidas, todo lo que acabamos de mencionar también lo está. Eso es así porque nuestra vida es muchísimo más compleja que una historia, y aunque ejemplos podremos encontrar a montones, quienes se llevan la palma con esa concepción son los orientales (y en ese sentido, me centraré especialmente en la visión del asunto que encontramos en Japón, tanto en su literatura como en el manga). En occidente pecamos mucho de criticar obras por utilizar recursos que argumentalmente “no son necesarios”, que retrasan la acción o no favorecen el avance de la historia. Crítica que encontramos sobre todo (y eso no es para que nadie se sienta viejo) en las generaciones que han crecido bebiendo principalmente arte occidental. ¿Pero está realmente mal? ¿Qué aporta ese tipo de narración a la historia?

Imagen de Totoro, de Hayao Miyazaki. Un ejemplo de película que rompe el viaje del héroe

Primero que todo, hay que recalcar que nos estamos ubicando en una cosmovisión distinta, y a no ser que vivamos una buena temporada en algún país oriental, difícilmente llegaremos a entender ese estilo de vida en su plenitud. Pero si analizamos lo que supone para la historia, con frecuencia nos encontramos con espacios que pretender respirar, profundizaciones de los personajes, o detalles del escenario que poco o nada aportan a la historia. ¿O sí?

La realidad es que una obra puede ser mucho más que un argumento. Del mismo modo que podemos dedicarle espacio al humor, lo podemos dedicar para cualquier otro aspecto que consideremos interesante. Porque una obra no solo nos muestra un desarrollo argumental hasta alcanzar un objetivo (sea cual sea, nos cuente lo que sea), sino que nos está hablando de algo. Y para hablar de ese algo con cierta profundidad, necesitaremos bastante más que mostrar la resolución de un conflicto. Para empezar, normalmente partimos de los conceptos clásicos con los que estructuramos la historia para reflejar ese motivo (las motivaciones del protagonista, sus acompañantes, el contexto), pero profundizando lo suficiente en esos elementos podemos llegar bastante más lejos, saliéndonos de la necesidad argumental si hace falta. Así, aunque sean escenas prescindibles para el desarrollo argumental, podemos invertir tiempo en el desarrollo psicológico del personaje, reflejarlo en forma de conflictos, o directamente recrear escenas y provocar situaciones que a priori parecerían arbitrarias. Pero nos estarán hablando de algo, y si lo hacemos bien, generarán interés al lector.

Fotograma de “En Este Rincón del Mundo”, dirigida por Sunao Katabuchi y manga de Fumiyo Kono. Ejemplo de rotura del viaje del héroe desde una visión de cotidianidad.

Por otro lado, puede que simplemente queramos utilizar esos recursos para darle realismo y profundidad al mundo. Basta con que lo que ocurra sea coherente y aporte algo a los personajes para que sea válido. El universo de la historia es un recurso muy potente: podemos interferir o incluso matar un personaje si tenemos en cuenta las leyes que lo rigen, y servirnos de sus características (inventadas o no) para expresar muchas más ideas. Por ejemplo, si queremos hablar de machismo y lo hacemos desde un mundo machista, podemos recrear situaciones violentas hacia las mujeres que probablemente sean un impedimento para el avance de la trama. Y de hecho, si en la historia no estamos hablando directamente de machismo, podríamos decir fácilmente que ese impedimento es gratuito o que sobra. Pero lo interesante aquí es la capa de profundidad que adquiere con esa idea: nuestro mundo -y por ende, la historia- adquiere muchos matices a la par que gana en solidez y realismo, mientras que de cara al autor le permite desarrollar muchas más ideas que la principal de la historia y su obra gana en expresividad.

Todos estos elementos funcionan porque, como seres humanos, tenemos muchas más cualidades que la de simplemente interesarnos por un conflicto o su resolución. Un personaje carismático, coherente y profundo siempre nos parecerá más interesante que uno que no lo es por el simple echo de que tenemos empatía y nos interesan los seres humanos; a pesar de que un personaje unidimensional siempre será más fácil de manejar para llegar al final de una historia. Si el personaje nos interesa, no nos importara invertir tiempo en saber sobre su pensamiento, dudas y conflictos más allá del argumento. Una realidad política, por ejemplo, también nos interesará porque son conflictos con los que vivimos. Y así podríamos seguir con un sinfín de elementos que tendrían cabida en una obra.

Hay quien dice que, todos los elementos que podríamos poner en una historia son pequeños viajes del héroe. En una realidad política hay un conflicto, en la psicología de un personaje también (y seguramente más de uno). Es una forma de verlo, aunque quizá lo importante aquí y lo que nos estaría diferenciando una obra que se aleja de esas ideas con una clásica, es el hecho de que la estructura de los conflictos es mucho más horizontal: es muy distinto que todos los recursos en una historia se centren en resolver un problema, vencer un villano, etc; que llenarlo de personajes profundos con sus propios problemas y contextualizarlo en un mundo complejo, rico y variado.

Imagen de Buenas Noches Punpun, de Inio Asano. También rompe con el viaje del héroe

Pero si nos vamos ya al extremo, el punto final es eliminar un conflicto central en una historia. En estos casos solemos encontrarnos con obras que son prácticamente ensayos sobre la vida cotidiana de un personaje, sin un conflicto central, sin un “final” al que llegar, y lleno de elementos que teniendo un papel importante en su vida, no apuntan hacia ningún objetivo. Podemos encontrarnos desde un conjunto de ideas, hasta estudios de personajes o reflexiones sobre lo que significa ser lo que son. Muchas veces sin un objetivo más allá de reflejar una realidad, al mismo tiempo que le dotan de interés y hay un discurso en él. De hecho, una característica muy interesante de este tipo de situaciones es la de concluir el discurso (transmitir perfectamente una opinión sobre algo y sobre cómo debería enfocarse para resolverlo) al mismo tiempo que, en la realidad de la historia, no se resuelve, ya sea por el personaje, por una situación, o porque el mundo se lo impide -con lo que además, nos está contando cuáles son los impedimentos expresando su poder desde la incapacidad para resolverlo-. Opciones hay infinitas.

¿Conclusiones?

La conclusión es simple: no te limites. Es bueno conocer el viaje del héroe como también lo es ver qué alternativas hay y bajo qué circunstancias puedes romperlo. Pero no te limites a utilizar elementos solo porque funcionan o a dejar de usarlos con la única intención de innovar. Piensa bien de qué quieres hablar y valora bien qué recursos van a permitirte hacerlo. No olvidemos que el arte, antes que una narración o un argumento, es expresión y comunicación. La narrativa es un recurso profundamente útil, que nos cala como seres humanos que somos y que permite alcanzar a millones de personas. Pero también lo son los personajes, el mundo, la escritura, el dibujo o la música. Y afortunadamente, hemos nacido en un momento en el que conocemos el lenguaje de muchísimas disciplinas artísticas y las podemos hacer funcionar. Todos estos recursos están a tu servicio, ahora la creación ya es cosa tuya.