El fin de la Ficción


Soy consciente que el título «El Fin de la Ficción» suena como poco apocalíptico y sobrecogedor. Puede que en algún lector le haya llevado a evocar en su imaginación un futuro terrible donde se hubiese aniquilado cualquier atisbo de fantasía —muy al estilo de la distopia que nos retrata Ray Bradbury en Fahrenheit 451—. Tranquilos, este texto no pretende ser una visión escatológica del devenir de la ficción, sino un realmente una perspectiva de su inicio.

Puede resultar confuso el pensar que los principios y los finales pueden estar tan intrínsecamente relacionado en su sentido último —como el alfa y el omega—, pero si buscamos en la RAE el significado de la palabra ‘fin’ podemos encontrar lo siguiente: «Del lat. finis. 1. m. Término, remate o consumación de algo. Era u. t. c. f. 2. m. Límite, confín. Era u. t. c. f. 3. m. Objeto o motivo con que se ejecuta algo. Era u. t. c. f.» (2014). Estos tres sentidos del término ‘fin’ también podemos encontrárnoslo en el Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora en el siguiente párrafo:

Precisemos: ‘fin’ puede significar «terminación», «limite» o «acabamiento» de una cosa o proceso. Puede entenderse (a) en sentido primariamente, o exclusivamente, temporal, como el momento final; (b) en sentido primariamente, o exclusivamente, espacial como límite; (c) en la definición (VÉASE) —de-finito— o determinación (VÉASE) —de-terminatio—; (d) en sentido de «intención» o «cumplimiento de intención»; como propósito, objetivo, blanco, finalidad (1252).

En las últimas definiciones dadas tanto por la Real Academia Española, como por nuestro destacado filósofo y ensayista catalán, dan al ‘fin’ un sentido de «objetivo», «motivo» o «intencionalidad», como una meta a la que llegar, un destino prefijado al que dirigirse. Esta concepción del ‘fin’ no es moderna sino clásica, en el sentido helénico de la palabra. El capítulo tercero de la Metafísica de Aristóteles empieza con el siguiente párrafo:

Pero de «causas» se habla en cuatro sentidos: de ellas, una causa decimos que es la entidad, es decir, la esencia (pues el por qué se reduce, en último término, a la definición, y el por qué primero es causa y principio); la segunda, la materia, es decir, el sujeto; la tercera, de donde proviene el inicio del movimiento, y la cuarta; la causa opuesta a esta última, aquello para lo cual, es decir, el bien (79-80).

Estas cuatro causas de las que habla el filósofo responden a los nombres de causa formal, material, eficiente y final (Reale, 45). En una alegoría, que aplica estas cuatro causas a una estatua de un templo, la causa formal responde a la imagen de un Zeus sedente; la causa material al bloque de mármol del que surge la estatua; la causa eficiente al escultor que saco, o aplico, la forma en la materia y la causa final —o Telos— a ornamentar y embellecer el lugar de culto. Así pues el ‘fin’ de una obra esta definido desde su principio. No en el principio de la narración, sino en la génesis de la idea en la mente del autor.

Así pues ¿Qué uso hacemos de la ficción? ¿Para qué sirve? El principal uso que hacemos de la ficción es el abstraernos de la realidad —en el sentido latino de la palabra abstrahere, ‘sacar arrastrado’ o ‘apartar’, referido al hecho de aislar a un individuo particular de un elemento del resto (Giedion, 36-37)—. En otras palabras, cuando consumimos una obra de ficción salimos de nuestra realidad para entrar en otra, viajamos a otros mundo y a otros tiempos; nos hace más llevaderas nuestra penas rutinas, o directamente no ayuda a olvidarlas[1].

Pero la realidad en las que nos movemos no refleja la intencionalidad del lector, sino la del autor. Es él quien nos lleva de la mano a senderos inexplorados como Virgilio en El Infierno de Dante, o el terrible Mefistófeles en Fausto de Goethe. Cuando se adentra uno en la ficción no se ha perder de vista al autor, pues ser nuestro ángel protector como llevarnos a las perversa perdición.

¿Cuál es el fin de la ficción? ¿Cuál la intencionalidad del autor? Ambas preguntas tienen la misma respuesta, y respuesta varía según qué ficción y que autor. Lo cierto es que actualmente vivimos en un mundo donde el fenómeno de la estetización se ha globalizado hasta sus últimas consecuencias —Giles Lipovetsky y Jean Serroy definen la edad actual, respecto a la estetización del mundo, como la era transestética (20-25)— donde, en palabras de Guy Deborg, lo verdadero se ha convertido en un momento de lo falso (40). Lipovestky y Serroy dicen respecto a esta etapa de la estetización del mundo lo siguiente:

…ya no se simboliza un cosmos, el que ya no se expresan relatos transcendentes, ya no es el lenguaje de una clase social, sino que funciona como estrategia de mercadotécnica, activación del valor de distracción, juegos de seducción continuamente renovados para captar los deseos del neoconsumidor hedonista y aumentar el volumen de negocios de las marcas (21).

En otras palabras: publicidad. Esta misma crítica también se encuentra en La Sociedad del Espectaculo de Guy Debord, e incluso la podemos encontrar en el libro decimo de La Republica de Platón cuando se plante si hay que expulsar a los poetas de la polis o no. En el libro decimo de esta misma encuentra nos encontramos como el filósofo ateniense, igual que nosotros al inicio del este párrafo, se cuestiona por la finalidad de la poesía:

…debemos examinar la tragedia y a su adalid, Homero, puesto que hemos oído a algunos decir que éstos conoce todas las artes, todos los asuntos humanos en relación con la excelencia y el malogro e incluso los asuntos divinos. Porque dicen que es necesario que un buen poeta, si va a componer debidamente lo que compone, componga con conocimiento; de otro modo no será capaz de componer. Hay que examinar, pues, si estos comentaristas, al encontrarse con semejantes imitadores, no han sido engañados, y al ver sus obras no se percatan de que están alejadas en tres veces de lo real, y de que es fácil componer cuando no se conoce la verdad; pue s es tos poetas componen cosas aparentes e irreales. O bien, si tiene algo de peso lo que afirman tales comentaristas, los buenos poetas conocen realmente las cosas que a la mayoría le parece que dice bien[2] (463).

El fin —entendido como término— de la ficción está en su propia globalización como estetización del mundo. Es decir, como ficcionalidad de la realidad, que no como realización de la ficción (en ese caso deberíamos hablar de las utopías, que son otras ficciones que generan fricción). El hecho que el diccionario Oxford convirtiera el término ‘posverdad’ (Post-Truth) como palabra del año 2016 (Amón) es un claro ejemplo de ello.

El fin —entendido como meta— de la ficción se define por la intencionalidad y necesidad del autor dentro de su espacio y de su tiempo. Como los autores —así como el espacio y el tiempo— tiene apariencia de infinitud, me he visto en la obligación de agruparlos en cuatro tipos según su naturaleza: 1. Entretener, 2. Enseñar, 3.Crear opinión y 4. Hacer pensar.

 

  1. Entretener

Esta responde a la forma más pura de finalidad en la ficción. Me refiero a la más pura en el sentido intencional ya que se da sin ningún tipo de pretensión oculta más allá de la aparente, es decir, la más inocente. Trata de distraer para abstraer a lector, oyente y/o espectador del relato. Le abstrae —en el sentido latino de abstrahere que hemos visto anteriormente— de la realidad, le saca del mundo y le llevas a otros. Algunos podrían plantear que tiene una función balsámica en tanto que permite hacer más llevadora el mundo en el que vive —no en vano los primeros cuentacuentos eran chamanes— pero es un efecto secundario no intencional o no buscado —sino la ficción se convertiría en religión—.

  1. Enseñar

Quienes recuerden la serie de 1987, protagonizada por John Hurt y producida por Jim Henson, El Cuentacuentos sabrán que todos los capítulos de la primera temporada empezaban con el siguiente texto introductorio:

Cuando las gentes sabían de su pasado a través de los cuentos, explicaban su presente contándose cuentos y predecían su futuro con cuentos; el mejor lugar de la casa junto al fuego se le reservaba siempre al cuentacuentos[3].

Claramente se refiere a la fabulas, ese subgénero narrativo tan antiguo como la humanidad y cuya finalidad siempre es o pedagógica o moralizante. Querría hacer un inciso distinguiendo la pedagogía de la moral. El fin último de la pedagogía es la enseñanza, es decir, el transmitir una información útil y más o menos técnica y/o objetiva a otra persona que respondería al rol de educando, aprendiz, alumno o discípulo. La moral responde al comportamiento del ser humano, y está condicionada por la sociedad en la que el ser humano convive.

Es decir, una es en mayor medida objetiva y responde a la información del mundo y como interactuar con él; mientras que la otra es relativa y responde al comportamiento humano. La primera de ella está incluida en esta finalidad de la ficción: Enseñar; mientras que la segunda responde a un aspecto de la siguiente: Crear opinión. Existe cierta dificultad a la hora distinguir una de la otra, ya que la moral y la educación han estado muy vinculadas a lo largo de la historia —primero con las fabulas, luego con la religión—. Si observamos detenidamente los mitos de la antigüedad, de todas las civilizaciones, siempre encontraremos algún relato que trata de explicar el por las cosas son como son y porque el ser humano ha de comportarse de cierta manera. Esta mescolanza de finalidades en la ficción no es cosa imposible, al fin y al cabo también se pueden encontrar de la mano dos finalidades juntas como seria Entretener- Enseñar en  un relato de divulgación científica o Entretener- Enseñar- Crear opinión en una fábula.

La principales diferencias entre la finalidad de Enseñar y la de Crear opinión es la intencionalidad del autor y la objetividad de la información dada. El fin último, y por definición: hacia donde está abocada toda su intencionalidad, de un autor-educador es su propio educando. Trata, a través de su relato o narración, darle al lector-espectador una serie de herramientas o técnicas que van serles útiles en su vida. Es decir, responde ante la ciencia y/o el conocimiento, no ante la moral o la ideología.

  1. Crear opinión

Se ha hablado un poco de esta en el punto anterior, pero de una forma muy sesgada. La ficción cuya finalidad responde a Crear opinión es la que más se ha extendido a lo largo de la historia y, además, la que más ha proliferado los dos últimos siglos con el sumun de su globalización: la publicidad.

Si veis cualquier anuncio y lo analizáis un poco os daréis cuenta que no solo os pretende vender un producto, sino que también os ofrece un estilo de vida. El pensador Bernard Stiegler define el concepto original del comercio, en su libro Para una nueva crítica de la economía política[4], como un intercambio del saber-hacer [savoir-faire] y de saber-vivir [savoir-vivre]. Pero también explica el nuevo modelo de mercado consumista supone una liquidación de todos los saberes, tanto el saber-hacer como el saber-vivir (30-31).

Para explicarlo de otra forma, antiguamente un herrero, p.ej., creaba herramientas que podía vender. Su actividad suponía un saber-hacer, en la artesanía, y un saber-vivir. Con el nuevo modelo de producción, la actividad del herrero es sustituida por una aplicación dentro de una cadena de montaje. Se le arrebata el saber-hacer al sujeto, y sin este tampoco hay un saber-vivir. Este vacío existencial es también llenado por el nuevo modelo de producción, convirtiéndose en el motor de este.  Ya no se produce para consumir, sino que se consume para producir.

Aquí nos encontramos con la justificación del modelo de mercado consumista. Además de la enunciación de la primera tesis de La Sociedad del Espectáculo de Guy Debord, donde «las sociedades donde imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos» y donde «todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación» (37).

Ahora bien, en un sistema donde impera el lema: ‘Tanto vendes, tanto vales’; y en el que el precio lo marca la ley de la oferta y la demanda. Quien controla la opinión controlara también el mercado. De esto se dio cuenta Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, quien en el primer capítulo («Organizar el caos») de su libro Propaganda dice lo siguiente:

Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar. Ello es el resultado lógico de cómo se organiza nuestra sociedad democrática. Grandes cantidades de seres humanos deben cooperar de esta suerte si es que quieren convivir en una sociedad funcional sin sobresaltos.

A menudo, nuestros gobernantes invisibles no conocen la identidad de sus iguales en este gabinete en la sombra (15).

Todo esto puede sonar a teoría conspiranoica, e incluso recordarnos a la película de John Carpenter They live (Traducida en España como Ellos viven). Pero cuando el mundo realmente se mueve a causa de una serie de intereses económicos privados no es extraño hablar de una Mano invisible al más puro estilo de Adam Smith. Un ejemplo de cómo se genera opinión desde la ficción serían las series de animación de los sesenta Los supersónicos y Los picapiedras, en los que nos muestra dos familia que a pesar de ambientarse en la edad de piedra o en lejano futuro tecnológico seguían los mismo roles sociales y de género de los años cincuenta, en el que el hombre salía a trabajar y la mujer se quedaba en casa —siendo el fruto de su realización la posesión de innovadores electrodomésticos, aunque estuvieran hechos de piedra—.

Hasta el momento, este apartado sobre Crear opinión parece extremadamente catastrofista y distopico, pero todavía no hemos llegado al extremo de sus terribles consecuencias: uno de los lectores más acérrimos de Bernays fue Joseph Goebbels, ministro de Propaganda en la Alemania Nazi.

Creo que no es necesario que explique lo que supuso el nazismo en Europa durante el S.XX. Pero si hablare de Triumph des Willens, conocida en español como El triunfo de la voluntad. Literalmente es una película de nazis, hecha por nazis y para nazis. Aun así esta película sigue siendo estudiada por grandes cineastas y teóricos de la actualidad por sus efectos visuales (es una de las primeras películas en incluir planos aéreos), además que sirvió de inspiración para la sátira de Charles Chaplin El Gran Dictador (Trimborn, 123-124). Si el caso Eichmann[5]abrió un debate en el ámbito de la ética, El triunfo de la voluntad abrió un debate ético en el ámbito de la estética.

Entonces ¿Hay algo salvable en la función de Crear opinión? Sí, en primer lugar como acto de resistencia de la misma forma que el El Gran Dictador se oponía a El triunfo de la voluntad. Pero también para la divulgación, visualización y normalización de realidades minoritarias de la sociedad. Realidad que, por otra parte, fueron invisibilizadas originalmente por la creación de opinión pública.

  1. Hacer pensar

Y llegamos a la última finalidad de la ficción: Hacer pensar. Es una finalidad pura en el mismo sentido de que lo era la finalidad de Entretener, pero es mucho más compleja en cuanta realización.

Una obra de ficción que siga la finalidad de hacer pensar suele poner una pregunta en cuestión al lector-espectador, pero sin darle una respuesta clara. La razón de esto es que el propio lector-espectador sea quien dé su propia respuesta a esta cuestión. Ejemplos de este tipo de ficciones las podemos encontrar en películas como Inceptión, Blade Runner o Rashomon.

La finalidad de Hacer pensar puede combinarse perfectamente con la finalidad de Entretener y la de Enseñar; pero es completamente incompatible con la de Crear opinión. Esto se debe a que la finalidad de Hacer pensar no tiene ninguna pretensión sobre el lector-espectador más allá de que este haga uso de su propia libertad y racionalidad para construir sus propias respuestas —una forma, por otro lado, de definir la creatividad— mientras que Crear opinión busca la manipulación del sujeto de una forma u otra.

[1] Recomiendo la lectura del concepto de Catarsis presentado por Aristóteles en la Poética.

[2] Rep. 598e-599a

[3] Transcripción propia.

[4] Para una nueva crítica de la economía política es un libro de Stiegler originalmente publicado en prensa por la editorial argentina Capital Intelectual en Buenos Aires y traducida al francés por Margarita Martínez. Aun así la referencia bibliográfica citada aquí se trata de un artículo de la revista NUEVA SOCIEDAD en que recoge la introducción y un fragmento del primer capítulo del libro.

[5] Recomiendo la lectura de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt.

BIBLIOGRAFIA

Amón, Rubén. «‘Posverdad’, palabra del año». El País. El País. 17 Nov. 2016. Web. 28 Oct.

Arendt, Hannah. Eichman in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil. New York: Viking Press, 1963. Print.

Aristóteles. Metafísica. Trad. Tomás Calvo Martínez. Madrid: Gredos, 2003. Impreso.

Bernays, Edward. Propaganda. Trad. Toni Segarra. Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2008. Impreso.

Deborg, Guy. La sociedad del espectáculo. Valencia: PRE-TEXTOS, 2008. Impreso.

Ferrater Mora, José. «Fin, Finalidad» Diccionario de Filosofía Vol II. Barcelona: Alianza Editorial, 1979. 1251-1254. Impreso.

Giedion, Sigfried. El presente eterno: los comienzos del arte. Madrid: Alianza Editorial, 1995. Impreso.

Lipovetsky, Giles y Jean Serroy. La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Barcelona: Editorial Anagrama, 2015. Impreso.

Platón. Diálogos IV: Republica. Trad. Conrado Eggers Lan. Madrid: Gredos, 1986. Impreso.

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. RAE, 2014.Web. 5 Abr. 2017.

Reale, Giovanni. Introducción a Aristóteles. Barcelona: Herder, 2003. Impreso.

Smith, Adam. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. London: W.Strahan & T. Cadell, 1776. Print.

Stielgler, Bernard. «Para una nueva crítica de la economía política» NUEVA SOCIEDAD Nº262. Mrz-Abr. 2016. 27-33. Impreso

Trimborn, Jürgen. Leni Riefensthal: A life. New York: Faber and Faver, 2007. Print.

OBRAS DE FICCIÓN CITADAS

Blade Runner. Dir. Ridley Scott. Act. Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Edward James Olmos y Daryl Hannah. Blade Runner Partnership/ Warner Bros. Pictures, 1982. Filmico.

El Gran Dictador. Dir. Charles Chaplin. Act. Charles Chaplin, Paulette Goddard, Jack Oakie, Reginarld Gardiner, Henry Daniell y Billy Gilbert. Charles Chaplin Film Corporation/ United Artists, 1940. Filmico.

Inception. Dir. Cristopher Nolan. Act. Leonardo Di Caprio, Ellen Page, Marion Cotillard, Joseph Gordon-Levitt, Tom Hardy, Cillian Murphy, Ken Watannabe y Michael Caine. Legendary Pictures Syncopy Films/ Warner Bros. Prictures, 2010.

Rashomon. Dir. Akira Kurosawa. Act. Toshirō Mifune, Machiko Kyō, Masayuki Mori, Takashi Shimura, Minoru Chiaki, Kichijiro Ueda y Fumiko Homna. Daiei Film, 1950. Filmico.

The Flintstones. Hanna-Barbera, USA. 1960. TV Series.

The Jetsons. Hanna-Barbera, USA. 1962. TV Series.

The Live. Dir. John Carpenter. Act. Roddy Piper, Keith Davi, Meg Foster, Raymond St. Jacques, Peter Jason, Sy Richardson y Georfe ‘Buck’ Flower. Alive Film, 1988. Filmico.

The Storyteller. Home Box Office. HBO, USA. 1988. TV Series

Triumph des Willens. Dir. Leni Riefensthal. Act. Adolf Hitler, Heinrich Himmler y Viktor Lutze entre otros lideres nazis. Reichsparteitag-Film, 1935. Filmico.

Alighieri, Dante. La Divina Comedia. Barcelona: Espasa Libros, S.L, 2000. Impreso.

Bradbury, Ray. Fahrenheit 451. Nueva York: Ballentine Books, 1953. Print.

Goethe, Johann Wolfgang. Fausto. Barcelona: Espasa Libros S.L, 2000. Impreso.

Rafagast

Escrito por Rafagast.

Rafael Verdejo Román, alias Rafagast. Nacido en Granada, pero con unas profundas raíces almerienses y burgalesas. Supo que quería dedicarse a escribir cuando leyó El Corazón Delator de Edgar Alan…

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