El color en mi vida – Una experiencia personal


Llevo un tiempo dándole vueltas a qué narrar en un artículo para NEUH. Como muchos de mis compañeros de colectivo, adoro mi trabajo, pero no me considero experta en nada, aunque llevo utilizando todas las técnicas pictóricas que llegan a mis manos desde que tengo memoria. Quizás, la forma más inspiradora para todos aquellos que nos leen y que buscan en nuestros artículos aprender algo cada vez que entran en nuestra web, sea precisamente contaros una experiencia personal.

Con mi texto no vais a aprender a utilizar capas de Photoshop de forma correcta, o una plumilla real sin derramar cinco tinteros. Os contaré sin embargo, que una versión de mí que aún llevaba mochila escolar y estaba empezando la secundaria, dentro de sus actividades extraescolares tuvo la suerte de pisar un estudio de pintura. Un espacio con método académico y tradicional en el que entré antes de decidir quién quería ser de mayor, hace catorce años. Durante los primeros dos cursos mi maestra nos formó en la técnica del pastel. Y a partir de entonces ya con el óleo.

Ya tiene unos añitos, pero algunos de vosotros quizá habéis visto la serie Psych. Uno de los ejercicios que hacía el protagonista con su padre, a modo de juego, era cerrar los ojos y recordar los detalles que le rodeaban. Prendas, colores, matrículas, comandas en restaurantes… Con mi maestra hacíamos algo parecido, pero mucho más sencillo. Buscábamos colores y los reducíamos mentalmente a la mínima esencia. A esos doce colores que incluye un maletín de óleo inicial, o una caja de acuarelas básica. Tipos de verde –con más amarillo, o más azul–, rojos, naranjas, tierras y escasísimos puntos donde sí que había blanco. Ella me enseñó a deconstruir mi mirada, y dejar de dibujar a base de siluetas y conceptos prediseñados. El piso en el que vivo con mi familia en nada se parece a la casita con techo a dos aguas y perfectamente cuadrada que dibuja cualquier niño, pero si me hubieses pedido que lo dibujase de cría, se parecería bastante más a lo segundo, a base de observar poco y dejarme influenciar más por lo que hacían los demás que por lo que realmente me rodeaba y veía todos los días.

Aprendí que el blanco y el negro, cuando se conocen de verdad los colores que componen nuestro mundo, probablemente se queden casi nuevos en el estuche. Que la luz nace de la sombra y que ilumina mucho más un amarillo claro que un blanco que termine agrisando cualquier figura.

Aprendí que la naturaleza es caprichosa: que dos ramas nunca nacen perfectamente paralelas y que en los pequeños detalles de las pequeñas diferencias se esconde la sensación de verdad en una imagen. Cada cuadro ha sido una lección de algo, por eso me cuesta tanto sentirme maestra en nada. Con unos era una clase de anatomía o fisionomía, otros de historia, mitología, botánica… Disfrutar pintando ha sido disfrutar aprendiendo cada uno de estos años.

Mi último proyecto, el autoeditado que hizo que me decidiese a formar parte de NEUH, curiosamente es en blanco y negro.

Sin entrar en detalles sobre el mismo, se trata de ilustraciones realizadas en soporte negro y en negativo. Después de tanto tiempo trabajando el color, pensarlo justo al revés, como las fotografías analógicas de hace unos años, resituando sombra en luz y luz en sombra y midiendo con mucho más mimo los degradados de tono y contrastes ha hecho que al volver a realizar una ilustración normal me resulte una tarea mucho más sencilla. Es un ejemplo más de que cuando se trabaja con pasión y constancia las cosas salen y las tareas se terminan. Y esa es la conclusión que quiero que saque quien lea este artículo tan diferente a nuestro estilo habitual. Aquellos que sentimos esa necesidad de expresión artística, sea cual sea el método para expresarlo, no dejamos de aprender nunca.

No se trata de talentos y suertes; se trata de no perder nunca el entusiasmo por llevar a cabo un nuevo proyecto, y con él mejorar todos los que irán después en un fluir constante de ideas y ganas de crear.