Las autoras de manga en el siglo XX, parte I: de principios de siglo a los años 60


Planteamiento

Parece que existe la idea de que «el cómic es un mundo de hombres». Muestra de ello es la polémica que surgió alrededor de la lista de nominados a los premios del festival de Angulema en 2016 por no incluir a ninguna mujer entre sus treinta candidatos. Una de las razones que se adujo desde la dirección del festival para la elaboración de dicha lista fue que la presencia de las mujeres en el cómic es reciente. Al leer la noticia me sentí extrañada. Eché un vistazo a mi estantería de manga y me di cuenta de que la práctica totalidad de los cómics que había en ella eran obra de mujeres, aunque circunscritas al ámbito de Japón (el cómic occidental lo tengo en otra estantería y ahí sí que no encontré apenas mujeres excepto en la parte de obras autoeditadas). De igual manera, cuando se estudia la historia de los cómics, los grandes nombres que aparecen son solo de hombres en todos los grandes mercados. Por supuesto, la influencia de autores como Winsor McKay, Hergé, Harold Foster u Osamu Tezuka es innegable y no pretendo cuestionarla, pero puede contribuir a dar la impresión de que al cómic solo se han dedicado hombres.

Por otro lado, también existe una concepción de que la sociedad japonesa es machista, cosa que no voy a entrar a valorar aquí, pero que, junto a la idea anterior, puede llevar a pensar que el mercado del cómic japonés es asimismo «un mundo de hombres» donde las mujeres tienen una participación anecdótica.

Esto, no obstante, no se corresponde con mi percepción ni mi experiencia, ya que la mayoría de los cómics que he leído durante mi adolescencia y que me han inspirado a dibujarlos son precisamente obra de mujeres japonesas.

Por ello, quiero investigar con esta serie de artículos la presencia o ausencia de las mujeres en dicho mercado editorial desde una perspectiva histórica para poner de manifiesto la realidad de esta cuestión.

Antecedentes históricos

Amaterasu reimaginada por CLAMP en Tsubasa RESERVoir CHRONiCLE

Para empezar, me gustaría poner en perspectiva y contexto la imagen generalizada en Occidente de que «la sociedad japonesa es machista». Siguiendo a Paul Gravett, podemos ver que el machismo de la sociedad japonesa no es un valor constante en su historia y que existen importantes antecedentes de la contribución de las mujeres a la cultura y la sociedad japonesas.

Ya la religión sintoísta reconoce deidades femeninas como algunas de sus figuras más importantes (Izanami y Amaterasu, que se considera antepasada de la familia imperial japonesa). En la práctica diaria del sintoísmo tienen un papel importante las miko, jóvenes que sirven en los templo con diversas funciones rituales.

Y no hay que perder de vista que uno de los tres «alfabetos» que componen la escritura del japonés actual tiene su origen en la simplificación caligráfica cursiva utilizada por las mujeres. El hiragana o silabario redondo empezó siendo utilizado solo por estas, pero acabó siendo utilizado por toda la sociedad, debido a su utilidad. Una de las personas que más contribuyó a la consolidación de este silabario fue Murasaki Shikibu, autora de La historia de Genji (Genji monogatari), escrita alrededor del año 1004 y considerada la primera novela psicológica del mundo.

Página de Genji monogatari, de Murasaki Shikibu, escrita en hiragana

En contra de lo que pueda pensarse, la subordinación explícita de la mujer al hombre en la jerarquía social japonesa no tomó cuerpo hasta el siglo XVII, ya que se deriva principalmente de las ideas confucianistas que arraigaron en Japón en el periodo Edo. Antes de esto, aunque no se tratase de una sociedad igualitaria, las mujeres tenían una participación mayor en la sociedad y la economía. De hecho, en Japón llegó a haber cinco emperatrices, aunque su poder fuera escaso y su reinado, breve. No fue hasta el periodo Meiji (1868-1912) cuando se introdujo la ley que impedía a las mujeres ascender al trono, a inspiración de algunas tradiciones monárquicas europeas, de forma análoga a lo que ocurrió en España. La tendencia restrictiva respecto al papel de la mujer en la sociedad se vio reforzada por el militarismo y el imperialismo de los años 30. Tras la guerra, los ideales confucionistas perdieron valor, pero sus consecuencias pervivieron, ya que estaban profundamente arraigados, incluso en la lengua. La constitución impuesta por EE. UU. garantizó el derecho a voto a las mujeres, pero estas quedarían apartadas del mercado laboral.

Primera mitad del siglo XX: exclusión

Tira de Sazae-san, de Machiko Hasegawa

En este contexto de segregación laboral puede entenderse que las mujeres estuvieran apartadas del mundo del cómic. Tanto es así que ni siquiera en el género de cómic dedicado a las chicas, el llamado shôjo manga, podían encontrarse autoras. Desde los inicios de la primera revista mensual para chicas, Shôjo Kai («Mundo de chicas», 1902), los tebeos dedicados al público femenino estaban dibujados por los mismos hombres que se dedicaban a los cómics destinados a público masculino, que repetían modelos femeninos basados en estereotipos e ideales. En estas publicaciones, destinadas a jóvenes muchachas que van a dejar de ser niñas para convertirse en mujeres, se transmite la idea de que las chicas deben aspirar al amor, el refinamiento, el matrimonio y la maternidad.

La primera mangaka de éxito fue Machiko Hasegawa. Con catorce años ayudaba a Suihô Tagawa, el autor de Norakuro, con las historias cortas que hacía para la revista Shôjo Club, pero en 1946 se hizo un hueco propio en el mercado con su personaje Sazae-san, una alegre ama de casa y madre de familia numerosa que protagonizaba tiras cómicas que llegaron a distribuirse diariamente en el periódico Asahi.

No obstante, Hasegawa fue una excepción y el manga, incluso aquel dirigido a chicas, seguía siendo territorio de hombres. Paradójicamente, en esta época la demanda de shôjo manga estaba en aumento: en 1955 aparecen las revistas Nakayoshi y Ribon, que siguen publicándose en la actualidad y que entonces estaban pobladas de historias melodramáticas sin mucho fondo, «dramones sin pretensiones», pues esto era lo que los autores entendían que sus lectoras esperaban.

Ilustración de Ribon no kishi (La princesa caba- llero), de Osamu Tezuka

Algunos de estos autores, no obstante, contribuyeron a desarrollar el género y sentar algunas bases de temas que luego resultarían centrales. Caso notorio es el de Osamu Tezuka, que en 1954 empieza a publicar en la anteriormente mencionada Shôjo Club la serie Ribon no kishi (literalmente, «El caballero de los lazos», publicada en España como La princesa caballero), obra considerada clave en el desarrollo del género shôjo. El tebeo cuenta la historia de una princesa que nace con alma de niño y de niña y ha de disfrazarse de varón para proteger su reino. Aunque no pueda considerarse una obra de rebeldía feminista, sí que presenta una trama de aventuras protagonizada por una activa heroína e introduce el tema de las ambigüedades sexuales que será central en mangas shôjo posteriores. También aparecen aquí algunos de los rasgos gráficos que tomarán las autoras que vendrán después y que Tezuka tomó a su vez de las representaciones teatrales de los grupos de teatro femenino de Takarazuka a las que asistía con su madre cuando era pequeño: los ojos brillantes, las lágrimas, los decorados coloridos, la exageración…

Años 60: las mujeres entran en escena

En 1964 fue el debut de Machiko Satonaka, quien, con solo dieciséis años, ganó el primer concurso de nuevos talentos de la editorial Kodansha con Pia no shouzou («El retrato de Pia»), una breve historia de vampiros. Ella fue una pionera, pero le siguieron muchas más, descubiertas gracias a los concursos de revistas como Shôjo Friend o Margaret o de entre las filas del gekiga (cómic underground), que trajeron un nuevo punto de vista al shôjo manga: por fin los cómics para chicas empezaban a ser obra de mujeres. Según explica Paul Gravett, estas autoras «compartían con sus lectoras el gusto por la música pop, la moda y las películas de importación y reflejaban la estética de la década explotando la imagen de las rubias occidentales de ojos azules, personajes que les servían para incluir sus imaginativas recreaciones de cómo era la forma de vida en otros países». Pero los personajes que creaban estas autoras no eran solo de inspiración extranjera: también convirtieron a las chicas japonesas en heroínas y crearon personajes femeninos más interesantes y creíbles.

Portada de Pia no shouzou («El retrato de Pia») de Machiko Satonaka

Portada de Himitsu no Akko-chan (El secreto de Akko), de Fujio Akatsuka

Portada de Mahôtsukai Sally (Sally la maga), de Mitsuteru Yokoyama

No obstante, en esta etapa cabe señalar también las contribuciones al manga para chicas realizadas por autores varones: fueron dos hombres quienes sentaron las bases del que quizá sea el subgénero de público más universal dentro del shôjo, el de las chicas mágicas o magical girl. Se trataba de Fujio Akatsuka en 1962 con Himitsu no Akko-chan (cuya versión animada se emitió en España con el título El secreto de Akko) y Mitsuteru Yokoyama en 1966 con Mahôtsukai Sally (Sally la maga), inspirado en la serie estadounidense Embrujada. La primera trata la historia de una niña que tiene un espejito mágico que le da poderes, dando así inicio al planteamiento prototípico de «chica que recibe su poder de un objeto mágico», mientras que la segunda da inicio al de «chica con poderes que viene de otro mundo».

Esto fue solo el principio… Lo que ocurrió después, lo comentaremos en la segunda parte de este artículo.

Machiko Satonaka en su encuentro con Paco Roca en el Instituto Cervantes de Tokio.

Machiko Satonaka, nacida en Osaka en 1948, debutó en 1964 con Pia no shouzou, pero no se detuvo ahí: a lo largo de su dilatada carrera ha publicado un centenar de títulos, entre series e historias cortas, ninguna de las cuales ha sido publicada en España. Sus historias se centran en el público femenino, tanto infantil como adulto, y entre los temas que trata cabe destacar los relacionados con la historia, tales como la reina Cleopatra, el Antiguo Testamento o las óperas clásicas.

Portada de Cleopatra en su edición japonesa.

Su debut no fue la última vez que ganó premios de la editorial Kôdansha: en 1974 ganó el Kôdansha Cultural Award en la categoría infantil con Ashita kagayaku («El mañana resplandece») y, en 1982, el Kôdansha Manga Award en la categoría general con Karyuudo no seiza («La costelación del cazador»), el mismo premio que, dos años después, ganaría Akira, de Katsuhiro Otomo. Además, actualmente es una de las directoras ejecutivas de la Asociación Japonesa de Mangakas (Japan’s Cartoonist Association) y una figura mediática.

Bibliografía

Toru

Escrito por Toru.

Rocío Morón González, alias Toru. Homo granatensis de pura cepa, o todo lo pura cepa que puede ser una niña tigre. Empezó a dibujar tratando de imitar los diseños de…

Leer más de Toru