Deportado 4443


“He aprendido que la única forma sensata de terminar un cómic es que te pique un dibujante de cómic radioactivo y te de sus poderes”.

Está muy feo autocitarse pero este tuit dio origen a este pequeño artículo que estás leyendo; del mismo modo que fue un tuit —una cuenta de tuiter, en verdad— la que inició todo el libro Deportado 4443, sus tuits ilustrados.

Hacer un cómic no es nada fácil, pregunta a cualquier autor; tratar de hacer un cómic que te llevaría un par de años en sólo diez meses era, según mi currículum y experiencia previa, totalmente imposible si no tienes a mano a un autor de cómics radioactivo que te pique y te de sus poderes de dibujante.

A pesar de todo, con sus luces y sus sombras, conseguí terminarlo. Tal vez me hice a mi mismo un poco radioactivo. Así que aquí va un pequeño picotazo por si os sirve de algo.

Cuando descubrí la cuenta de Antonio Hernández administrada por el periodista Carlos Hernández tuve sentimientos muy profundos, como un rumor que surge de las tripas y del corazón y se convierte en un bramido. La mayoría de los cómics nacen del cerebro, de una idea que tal vez hemos estado persiguiendo durante años. Este cómic nació de las tripas. Quería… no, tenía, que ilustrar todos y cada uno de esos tuits.

Y así lo hice, al menos los primeros. Y comprendí que el trabajo que tenía por delante sería inmenso. Casi 900 tuits para contar con imágenes la historia de Antonio Hernández y los nueve mil compatriotas que sufrieron y murieron en los campos de concentración nazis.

Entonces ocurrieron dos hechos afortunados. El primero es que estuve tomando unas cervezas con Marja y Lens, hecho ya de por sí afortunado, y les comenté lo que estaba haciendo. Ambos mostraron un entusiasmo por el cómic aún mayor, si cabe, que el mío y Lens se ofreció a ponerme en contacto con Carlos. También Carlos se mostró entusiasmado y me convenció de no publicar los dibujos en Twitter, tal y como era mi intención. Segundo hecho afortunado.

Seguí dibujando, tuit a tuit. Unas semanas después se puso en contacto conmigo Yolanda Cespedosa, editora del libro de Carlos “Los últimos españoles de Mauthausen” de “Ediciones B” y desde ese momento la mía también. Ella también mostró un entusiasmo contagioso por el proyecto y sobre todo (y afortunadamente, una vez más) me convenció de abandonar la idea inicial de un dibujo por tuit e incluir varios tuits en cada ilustración. También propuso la fecha de publicación, hasta ese momento yo no tenía prisa. Y ahí empezaron mis problemas…

Yo, más lento que el caballo del malo a la hora de dibujar, tenía que pensar, dibujar, entintar y rotular un porrón de páginas en un tiempo (para mi) récord. Y no me había picado ningún dibujante radioactivo. Tenía que ponerme a ello armado únicamente con mis poderes de historietista gandul.

Lo primero que hice fue ver de cuánto tiempo disponía y qué trabajo tenía que hacer. Me hice una parrilla con minipáginas de cada una de las ilustraciones y puse en cada una de ellas una fecha de finalización. En ese momento ya era consciente que que no podría cumplir ese calendario autoimpuesto, no sería capaz de hacer dos ilustraciones al día; siempre habría imprevistos (los hubo), festividades (las hubo a cascoporro) y calamidades (alguna que otra).
Tendría que hacer “algo” radioactivo para que me diera tiempo.

Hasta ese momento había dibujado las páginas en orden, siguiendo los tuits tal y como los había escrito Carlos. Con las fechas tan apretadas seguir de esa manera habría conducido a un certero fracaso. Las últimas páginas, con los apuros de tiempo y el previsible cansancio, habrían resultado un churro. Tampoco quería empezar por el final e ir retrocediendo, las páginas a las que le hubiera dedicado menos tiempo estarían todas agrupadas. Tenía que ir distribuyendo las páginas “malas” a lo largo de todo el tebeo. Así que tenía que saltear las páginas.

Ahora descubrí el primer superpoder del autor de cómics: pedir ayuda. Soy un tipo afortunado y tengo buenos amigos dentro y fuera del mundillo (odio la expresión “mundillo del cómic” pero es la que hay). Creé una conversación grupal en Twitter con amigos que me ayudaron a lo largo de todo el proceso de creación del cómic.

Necesitaba a alguien que estuviera al tanto de posibles fallos de narrativa o dibujo (Lewis y Ming, autores de cómic y compañeros en NEUH) pero, sobre todo a quien me ayudara con la documentación, mis amigos de la universidad especializados en el periodo, con más conocimientos de la época que yo (David Atienza y José Miguel Sánchez). Supervisándolo todo Lens y el propio Carlos. Sin ellos no habría podido.

Y me puse a dibujar. Y tuve que emplear el segundo superpoder del dibujante: Hacer las cosas más difíciles o que menos me apetecían al principio, cuando todavía estaba lleno de energías. Con ese “más difíciles” no solo me refiero a las más complicadas tecnicamente, que también, si no a las más duras. Aquí, sin el apoyo de mis familiares y amigos me habría venido abajo. Sin mi mujer (Carola no tiene Twitter) y mi hija (Alicia no tiene edad para tener Twitter) o mis amigos Samu, Aitor y Bea, este trabajo habría acabado conmigo emocionalmente. Hubo muchas noches en las que tuve pesadillas. El régimen de los campos nazis era tan perverso que me hacía sentirme culpable por no haber estado allí con las personas a las que estaba dibujando.

En fin, fueron pasando los meses y, efectivamente, fracasé en cumplir las fechas que me había marcado. Sin embargo, astuto como una vieja comadreja, me había dejado tiempo para terminar. Me era imposible dibujar dos ilustraciones al día y lo sabía, pero aún así me esforcé todo ese tiempo por hacerlo. Todavía tenía unas cuantas semanas para que llegara la fecha de entrega a la editorial y tenía el trabajo más difícil hecho. Hice un nuevo calendario, otra vez apretando el tiempo más de lo necesario porque se aproximaban las navidades, con una nenuca pequeña sería imposible trabajar todos los días.

¡Albricias! ¡Me quedaban los dibujos más fáciles, los que más me apetecía dibujar, los que exigían menos técnicamente. En esta parte del trabajo volé, iba a toda pastilla. Desapareció el cansancio, desapareció el desánimo, desaparecieron las pesadillas. Acabé antes de tiempo y me sobró una semana que me tomé de vacaciones sin ni siquiera coger un lápiz.

Tenía muchas ganas de hacer este dibujo, desde el principio, desde que descubrí la cuenta de Twitter de Antonio Hernández, pero me aguanté hasta casi el final. Cuando lo hice lo disfruté como un gorrino en un barrizal.

Me pasé mucho tiempo mirando a la cara a gente que había muerto de forma horrible, este dibujo no lo disfruté.

Me puse muy triste cuando me enteré de la muerte de José Alcubierre. Estuve muchas horas delante de él cuando hice el dibujo de su foto de preso. Le miré a los ojos a través de más de 70 años y hubiera querido mirarle a los ojos en este mismo momento.

De modo que al final del proyecto descubrí que no era en verdad necesario que te picara un dibujante radioactivo, que lo único que necesitaba era pasión para hacerlo y cerebro para organizarlo.

Todo esto que he escrito ha sido para agradecer a quienes me han ayudado y a los que me ayudarán en el futuro. Pero quiero terminar con desagradecimientos. Porque en el origen de esta historieta está el desagradecimiento, la vergüenza y el oprobio. Vergüenza sobre la Unión Europea y sus políticas para con los peticionarios de asilo político. Antes de que surgiera esta historieta las imágenes de los refugiados ya nos recordaban a los campos. Vergüenza sobre los gobiernos democráticos que han ocultado desde 1975 estos hechos en los planes de estudio, no sólo en la educación básica o en la secundaria sino también en la universitaria. Vergüenza para nosotros mismos por permitir que algo como esto pueda volver a ocurrir.

Justicia. Historia. Memoria.

“Siempre alerta, hermano de infortunio y sufrimiento.
Siempre alerta si queremos que aquellos años de agonía no vuelvan”

ANTONIO HERNÁNDEZ MARÍN
Prisionero nº 4.443 del campo de concentración de Mauthausen

Ensis

Escrito por Ensis.

Ioannes Ensis (Juan Espadas) es el “historietista gandul”, dibujando con boli bic desde bien entrado el siglo XX. Desde hace más de 10 años compagina los cursos de cómics que…

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