Pero ¿en qué estarías tú pensando? Las importtancia de las correcciones


Buenos días, escritor:

Lo has conseguido. Calibraste tu cazamariposas para capturar unas cuantas de entre las ideas que flotaban en tu mente. Tenías un tema, una ambientación, un trasfondo; una trama principal y tramas paralelas; uno o varios protagonistas y personajes secundarios. Le diste forma a escenarios, multiversos, sapos con gafas, relojes de cuco que solo funcionan cuando les impacta un haz de protones… Has retratado una época, desenmascarado a un asesino interdimensional o viajado al otro lado de la calle a conocer al fantasma de la abuela del inventor de los juguetes para gatos.

En fin, que ya has tecleado un equivalente a The End tras el punto y final de tu novela o relato y desde hace tiempo sientes unos golpecitos en la base del cráneo.


Es tu obra. Está exigiendo que la saques del cajón y la presentes en sociedad.

Pero tú no quieres que nadie se burle de tu pequeña. Ya hay demasiados engendros por ahí, manchando la reputación de los autores que se autoeditan. Por eso, antes de acompañar a tu pequeña al baile sabes que es tu deber comprarle un traje y unos zapatos. O quizá llevarla al médico para ver qué puede hacer con esa triple fractura de fémur.

Sin embargo, es el momento de ser sinceros; ahora mismo eres como un alcohólico que se emborracha con solo mirar una lata de cerveza. Ya no lees las frases, solo ves caracteres sin sentido en la pantalla (se te han puesto ojos de Wingdings). En este punto, si quedara alguna errata, no la verías aunque estuviera resaltada cual WordArt en el PowerPoint de un alumno de la ESO.

Puedes ser muy exhaustivo, pero lo habitual es que haya cosas que se te escapen. De hecho, siempre, siempre hay algo que se escapa; por eso sabemos que un día los zombis van a conquistar el mundo.

Y por ese motivo se inventó a los correctores.

Pero… ¿en qué consiste una corrección?

Lo primero que debes saber es que no todas las correcciones son iguales.

En eso son como las barbas; parece que no, pero las hay de varios tipos:

  • Ortotipográfica y gramatical:

Esta es la más obvia y la más simple de todas. Se hace con el manual de la RAE en la mano (Como defensora de la lingüística descriptiva me ha salido un pequeño eccema al escribir esto, pero es cierto.) También incluye las cuestiones de formato: los espaciados, las sangrías, el justificado, la división de palabras…; todo lo relacionado con cuestiones técnicas y de norma. Sirve para que a ningún grammar nazi le sangren los ojos al leer las erratas que a ti se te han escapado. (Sí, ellos las ven todas como si de verdad estuvieran en WordArt.)

  • Informe de lectura:

Está bien, no es una corrección en sí, pero sirve para descubrir los errores o carencias de tu escrito a un nivel más estructural. Puede servir de antesala para una corrección.

El lector se lee la obra completa y te envía una valoración de varias páginas en la que señala sus puntos flacos, valora el comportamiento de los personajes o la relevancia de algunas escenas para la trama, te da su opinión respecto al ritmo, la atmósfera…

Es como el preestreno; el tipo de revisión que encargas a tus familiares y amigos, pero realizado por un profesional que no siente ningún apego por tu persona y, por tanto, debería ser objetivo.

  • Corrección de estilo:

Aquí el corrector saca todo su arsenal literario para criticar (con mayor o menor perfidia) el nivel pragmático y semántico de tu obra, y su estructura en general.

Entre otras, estas son las cuestiones que se pueden revisar:

  • En cuanto al nivel más externo, tenemos el de la expresión lingüística más “cosmética” (o quizá no). Puede que abuses de adjetivos innecesarios; que todas tus frases tengan exactamente catorce palabras (y no sea un recurso narrativo con propósito); que los adverbios acabados en mente hayan invadido tus párrafos cual salmonella en la mayonesa de un chiringuito de playa; que se te olvide a menudo que su puede referirse a él, a ella, a ellas, a usted (a mí no, aún soy muy joven) e incluso a su perro. (Un momento; ¿el perro de quién? ¿De usted, de él, de ella o de todos? —¡Exacto!)
  • A otro nivel estaría la coherencia narrativa. Por ejemplo, si le cortaste los brazos a Billy en el capítulo dos, pero aplaude al final de un concierto en el cinco, igual hay un problema —por mucho que Billy no esté de acuerdo—. Algo que también suele estar muy feo es abusar de los deus ex machina. (Además, es bastante fácil caer en la trampa. Pero entonces llega el corrector y salva tu novela. Fin.)

  • Por otra parte, también se puede revisar el comportamiento de los personajes: si existe polifonía o todos hablan igual; si son redondos, planos o con forma de copo de nieve; si llevan a cabo acciones que no están justificadas ni son acordes a su naturaleza…

Para que nos entendamos, el corrector coge a tu bebé, le hace un TAC de cuerpo entero, le toma la temperatura, lo mide, lo pesa, lo vacuna, lo somete a test de inteligencia…

Esta es una descripción muy burda de los tipos de revisión a los que puedes someter a tu escrito. Hay miles (¡hala!) de cuestiones a revisar; es más, si eres muy perfeccionista, puede que vayas como Velázquez, pincel en mano, retocando los cuadros por todo el Palacio durante años.

Del «A mí eso no me hace falta» al «¿Y a quién recurro yo ahora?»

A casi nadie le gusta que otros le señalen sus fallos, pero es el momento de dejar tu ego de escritor a un lado y recurrir a alguien que sepa lo que está haciendo.

Existen infinidad de blogs sobre escritura (seguro que los has consultado antes de meterte en faena) y empresas de servicios editoriales, y no faltan correctores independientes dispuestos a revisar tu creación previo pago. Yo te recomiendo que busques a aquellos que compartan muestras de su trabajo. El abanico de posibilidades ya lo va a delimitar a base de bien tu cofre del tesoro.

Personalmente, te recomiendo que pasees por el jardín de Las Malas Hierbas.


Son un grupo de cuatro chicas con mucho sentido del humor y un blog repleto de reseñas y análisis para que trastees antes de decidir si te sometes a su escrutinio. Llevan a cabo una labor nada desdeñable desde su jardín de operaciones. Por sus rastrillos (juro que esta era la última metáfora hortícola) han pasado escritos y escritores con cierta fama, sobre los que probablemente cambiarás de opinión una vez seas capaz de identificar sus faltas. (No voy a dar nombres; te metes en el blog y cotilleas todo lo que quieras. Eso sí, ponte un límite de tiempo y no estés como yo, hasta las tantas riéndote a carcajadas con sus reseñas y artículos.)

Estas chicas no se cortan un tallo (¿dije que era la última metáfora? Para que veas que no hay que fiarse de nadie solo porque te lo diga) a la hora de señalar los defectos de cualquier fragmento. Pero no se quedan ahí; además de señalarlos te explican por qué debes evitar ciertos senderos y te instruyen en las herramientas que puedes utilizar para conseguir el efecto que buscabas. Eso sí solo es para valientes dispuestos a someter a su bebé a toda clase de pruebas de laboratorio.

Puede ser un ejercicio muy interesante, una cura de humildad y, desde luego, te servirá para aprender aún más sobre este maldito precioso arte; al menos, lo suficiente para convertirlo en oficio.

Recuerda que lo más difícil ya lo has hecho. Le has puesto palabras a tu idea y has decidido compartirla con el mundo. Has saltado a la palestra y no piensas retirarte en mucho tiempo, pero te vendrá bien dejarte enseñar un par de trucos y revisar tus combates en vídeo con el asesoramiento de un entrenador versado. Y si cuatro ojos ven mejor que dos, imagínate cuatro pares de ojos con formación literaria.

¡Salud, compañero de pluma!